Cada día hay que tener razón, ¡cada día! Y eso es muy cansado, sería como reconstruir la vida, que un enfermo del Alzheimer, hace cada día. Tener razón es inútil, pasajero, circunstancial, cargado de prejuicios, que no resuelve nada y que no lleva a ningún sitio.
Si consigues que alguien reconozca que tienes razón en algo de lo que antes disentíais te habrá caído encima la responsabilidad de seguir defendiendo ese mismo argumento: haya cambiado lo que haya cambiado; si antes fuiste irrebatible, si tuviste la mala suerte de tener un día lúcido tu antiguo contrincante te exigirá que sigas defendiendo eso mismo de por vida. No importa que las condiciones hayan cambiado, no importa, tan siquiera, que hayan pasado, por fin, los bueyes por el ojo de un aguja. Tú tenías razón, así que estás condenado a seguir argumentando igual; y si cambias, si alguno admite que cambies, tienes que ser igual de contundente que con anterioridad lo fuiste, de lo contrario todo se derrumbará como un edificio al estallar una bomba en su pilar central: tú.
Cada día, lo que sí ocurre, es que el tiempo da y quita razones, demuestra falacias y rompe prejuicios, al margen de otras consecuencias más prosaicas que no me apetece mencionar. Aunque en algunos casos, son mentes tan obtusas dedicadas a defenderse y excusarse de continuo, que negaran que está nevando mientras se quitan la nieve del hombro con la mano. Nunca, presta atención a esto, nunca digas a nadie, la consabida frase que acompaña a estas circunstancias: “ya te lo decía”. Caerás en la maldición de tener que demostrar, con el tiempo, que siempre tienes razón: siempre, aunque tu intención nunca haya sido esa. De hecho, te sugeriría que si alguna de estas mentes amorfas, temiendo una vergüenza mayor, quiere mitigarla con una frase similar a “¿no nos habías dicho tú que era esto lo que podría ocurrir?”. Niégalo, huye de cualquier empatía con estos godos que solo tienen en su mente lo suyo.
Es muy fatigoso tener razón.
tienes razón...
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