Cada día un punto de tristeza me alcanza, me somete a su criterio, me hace bajar la cabeza para exigirme concentración. Al principio me resistía, pues los recuerdos tristes no son agradables: seres queridos, momentos importantes, lugares donde fuiste feliz, tiempo que ha pasado y que no vas a recuperar. Como una lombriz acelerada, la tristeza abre conductos en mi cerebro por donde mis momentos más melancólicos campan a sus anchas.
Ahora lo dejo estar; quiero sentir esa añoranza de cosas que ya no tengo… ni tendré; no por regocijarme en el dolor, sino por saber que sigo vivo. Porque me importa el silencio que ocupan los sentimientos menos agradables, siempre son silencios, el vacío donde no pueden pulular los creadores de ruido: la angustia de no llegar, la exigencia de ser mejor o la obligación auto impuesta de contentar a quien no piensa en contentarte a ti.
Cada día, después de escuchar a mi tristeza, la engaño. Bueno creo que ella se deja engañar, cansada, supongo, de vivir en el silencio, que de repente hable tanto y se muestre tan absorbente se cansa, y simula que la engaño. El otro yo, ese que tengo para enseñar a la gente, para cumplir con el requisito de ser una buena persona que sabe lo que quiere, me trae el presente, me pone delante de mi languidez: el amor del que disfruto, el tiempo que puedo dedicarme a mí, los amigos que me exigen con cariño: “¡cuándo terminas el próximo libro?”, las comidas familiares, el paseo por un parque y sobre todo a ella, con su mano aferrada a mi mano.
cuánto me gusta lo que leo y descubro de ti....grandeeeee!!!!
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