Cada día hay más mazmorras que nos limitan sibilinamente la libertad. No esa de la argolla al tobillo y una bola de hierro enganchada; ni una reja que no nos permita dirigirnos hacia donde queramos. Lo que nos impiden estas sofisticadas mazmorras es la libertad de ser; todo son criterios ineludibles, sentencias conminatorias, hipótesis de vida sana irrefutables. Como si solo comerse una tortilla a la sombra de una árbol a la vera de un río en compañía de unos amigos, fuera un crimen.Cada día está mal visto que seas diferente, ya sé que ser diferente nunca ha sido fácil, pero ahora la información nos disecciona nos hace transparente cual rayos x, a los ojos de la sociedad a la que no le interesa quién eres, sino si tienes defectos por los cuales se te minusvalore, se te rebaje ese “aire que te das”, se te califique como uno más de los inquilinos de la vulgaridad. No me quejo, no pretendo ser un pedante delante de nadie, ¡ni que lo único que hubiera que conseguir en esta vida fuera marcar distancia con lo zafio!
Cada día me veo en la obligación de establecer una frontera (me duele decir esta palabra) un territorio donde no dejo que nadie venga a opinar sobre mí, sobre las personas que quiero, sobre las cosas que me motivan, porque tal vez, para ellos, no entre en el canon de un gurú de lo ramplón. Es ahí donde se pierde mi libertad, donde mazmorras construidas con la estupidez humana me van aprisionando; donde los verdaderamente inteligentes, cuyo poder e influencia en el mundo no se sabe quien se la ha otorgado, provocan, alientan e inspiran la mezquindad… a través de la información.
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