Lo grande se hace gracias a lo pequeño (Lao Tsé)
Los hijos son como las macetas con plantas: lo que siembras recoges. Y solo siembras lo que comprendiste y como lo aprendiste. Tú a tus hijos les das la imagen que te has hecho de ti mismo; sí, esa que nunca reconocemos.
Cuando tu hijo desprecia a un compañero de clase, duele ver ese gesto porque en el fondo eres tú quien le está despreciando; cuando te exige con vehemencia que le compres el último modelo de ropa, eres tú el que se siente inseguro porque no encajabas en el grupo de tu clase. Ellos, nuestros hijos, son altavoces. Y son también seres vivos.
Te sorprende un día que tu hijo, que nunca ha mirado una pelota, diga que quiere jugar al fútbol. Se pasa el día con juegos de ordenador o leyendo novelas de aventuras, porque papá también lee libros. A papá no le cuesta nada comprarle la camiseta y el pantalón, y las medias hasta las rodillas; levantarse temprano el sábado que descansa y llegar a un campo de cemento con un frío que pela. Y pasarse toda la mañana mirando ilusionado la pasión que tu hijo pone en el banquillo donde ha visto todo el partido, porque no ha jugado ni un minuto. Ya en el coche, de vuelta a casa, el niño no tiene frío y comenta emocionado la victoria de su equipo. Te invade entonces esa alegría indescriptible de verlo apasionado, feliz, empezando en su vida a conseguir pequeñas metas.
Otro sábado, otro partido, la misma ilusión. Pero tras el descanso ¡va a jugar! Te mira con una cara de incontenible felicidad y levanta el puño como si ya hubiera cruzado la meta: para ti la ha cruzado. En el fondo tienes que tener miedo. Por edad está en una categoría donde la diferencia de un año con otros niños les hace a estos ser mas corpulentos. Él no sabe de esta diferencia, corre de un lado a otro del pequeño campo persiguiendo la pelota; no hace mucho caso al entrenador que se desespera diciéndole que no haga eso. En un lance casual, se hace con el balón y sale disparado hacia la portería contraria solo ante el portero; cuando va a rematar, un jugador contrario le arrolla en falta, y él termina con las dos rodillas sangrando de su arrastre por el cemento. No protesta, no llora, solo quiere seguir jugando; y tú sí, tú lloras, te emocionas y te sientes orgulloso de ese espíritu que no reconoces en ti, que es suyo propio. Mientras que el entrenador le está curando las pequeñas heridas el celebra el gol de penalti de su equipo.
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