Hombre en construcción: Perdón

lunes, 18 de junio de 2012

Perdón

Perdón por dejar de llenar esta página con los caminos por donde me pierdo. Por no seguir ahondando en la estrecha relación de mi sueños y mis realidades. Perdón, en suma, por no regar el huerto de la palabra; con la falta que hace ahora que hablemos, que nos expresemos, que demos señas de vida. Para no dejarnos invadir por la tristeza del momento, por la desesperanza que nos regalan, por la miseria con la que nos siembran. Perdón.

Desde mi niñez me enseñaron, como al árbol pequeño con una guía, que debía pedir perdón. Entiendo que cuando en uno es púbero, las cosas de la vida te la exigen pero no te las explican del todo: al menos en un lenguaje adecuado a tu edad. Así que la palabreja se convierte en un martirio chino, de esos que aparecen en lo grabados del siglo XVIII y XIX, donde una gota de agua golpea constantemente tu cabeza o alguien atado de pies y manos se le hace cosquillas en la planta de los pies con una pluma.
Si metes la pata, lo que en mi caso no es extraño, la educación y el respeto a las personas te obliga a pedir perdón. Lo que no está tan claro es que la palabra se haya convertido en una muletilla que esconde otras actitudes (por decirlo... así). Cuando alguien se te cuela en un lugar de espera, lo hace avanzando un perdón que resulta poco convincente con relación a la raíz de la palabra. Como tan poco convincente es la factura de una reparación que has visto multiplicada por dos o por tres, y te la entregan, con la cara entre cínica y de regocijo del susodicho, acompañada del perdón. ¡No, no te perdono, rebájame la factura!
Todavía hay una muletilla más, colgada del perdón. Es en el ámbito de lo privado donde más duele la falsedad de la expresión: el desamor que después de engañarte, moral y físicamente, te pide perdón. El perdón dicho por un amigo, cuando sabe que lo que te ha hecho ni tiene perdón, ni deja restos de la amistad, si es que antes la hubo. El perdón que reclama clemencia cuando ya no hay solución, cuando no hay remordimiento, cuando no puede haber compensación.
Luego hay perdones que no debieran decirse, porque no hay nada que perdonar o porque no existe nadie a quien perdonar. El amor que pide perdón por quererte tanto: pues no, no te perdono quiero que me quieras mucho. El perdón por pedirte ayuda, por ocuparte en ofrecerla, por estar feliz de poder ayudar. ¿Qué hay que perdonar?
Lo que nunca voy a perdonar es el desanimo, la ansiedad o el miedo ante el porvenir y el cansancio que esto produce. Porque... no hay nada que perdonar. Solo quien tiene y pone mucho animo en todo lo que hace se puede desanimar, solo quien se preocupa por su porvenir puede sufrir por el futuro, solo quien lucha durante años sin descanso se puede cansar. Y no hay que pedir perdón por vivir.

3 comentarios :

  1. Todos te perdonamos Enrique, que grande eres.

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  2. Enrique, perdón? que bien saber que sigues por aquí, muchas sonrisas.

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