Era un hombre que soñaba estar en un pozo húmedo, oscuro y frío, del que no podía salir ni sabía como había entrado. Solo un pequeño agujero en el techo de su celda le daba la luz del día cuando esta llegaba. Por la noche se mantenía en vigilia, en total oscuridad, pues escuchaba ruidos extraños que él atribuía a animales o personas que pudieran hacerle daño.
Al llegar la mañana, el sol calentaba la estancia y ese mismo instante los ruidos se calmaban, entonces el hombre caía rendido en un profundo sueño. Lo primero que veía en ese sueño era la cara de su amada durmiendo a su lado y un magnifico sol entrando por la ventana; hacia y deshacía en su sueño la vida que allí vivía, sintiéndose feliz, tranquilo y amado. Solo al llegar la noche cambiaba su rostro, se descomponía su firmeza y era por el temor de volver a caer en los brazos de Morfeo. El último deseo, en ese sueño, era abrazarse a su amor y así se despertaba, abrazado a nada, en el lúgubre lugar de humedad donde soñaba.
El hombre, desesperado, no sabía decir cuál era la realidad y cuál el sueño soñado. Así que decidió cambiar el escenario de su acto. Durante el tiempo que vivía con su amada, ingirió todo aquello que le mantuviera despierto, todo aquello que le alejara de dormir, por no volver a su celda, por no perder el abrazo de su amor. De repente, en la cama, como tantas veces, no se durmió, pero empezó a oler el nauseabundo olor de su agujero, a sentir la humedad, a sentir el frío, a escuchar voces. Ahora, sin embargo, no se podía mover, estaba anclado, atado a la cama. Esas voces que escuchaba cuando estaba en la mazmorra, ahora las escuchaba a su lado, gritando demasiado, como si él no estuviera allí: "¡Tráeme otra sonda, que se le ha vuelto a salir y está empapado! No me explico como todos los días tenemos la misma historia". No podía abrir los ojos totalmente y a pesar de eso comprendió que estaba en un hospital, conectado a varias maquinas, que era de noche, que aparte de la enfermeras nadie más estaba a su lado. No podía hablar, no podía mover sus músculos, no sabía por qué se encontrarse allí, no podía acordarse de nada. Durante toda la noche estuvieron yendo y viniendo varias veces las enfermeras: "Es mejor hacerle estas cosas ahora, luego con la familia todo son pegas", dijo una de ellas, "Que si le hace usted daño; que por favor trátelo con un poco de dignidad, que aunque esté en coma el siente y padece: ¡y una mierda!". Le lavaron, le cambiaron las sabanas, le curaron las escaras, le limpiaron los dientes, le peinaron, y cuando estaba empezando a amanecer, y había cambiado el turno de enfermería, una mujer con el espíritu compungido por una desgracia, entró en la habitación, se acercó a su cama, le besó en los labios queriendo encender su alma, y con la mayor ternura del mundo, le dijo: "Buenos días mi amor, qué tal has dormido". Entonces, como todas la mañanas, el sol le daba en la cara.
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