Hombre en construcción: Yo me quiero

viernes, 20 de abril de 2012

Yo me quiero

Yo me quiero... perdón si alguien piensa que cual Narciso me considero el más bello del mundo. Tampoco digo esta expresión porque tenga un alto concepto de mi intelectualidad, no es así. Me quiero porque soy la mejor expresión de mi mismo hasta este momento. 
Puedo estar en deuda con mi esfuerzo, con mi habilidad o con mi determinación para alcanzar otras metas más admirables, pero no soy capaz de imaginar un camino menos confuso que el que te obliga a recorrer la vanidad. No soy por tanto dado a ofrecerme y esta es una actitud poco prospera hoy en día. A mi me gusta que las cosas fluyan; que el agua desbordado de un torrente se calme en su devenir para saber donde pisar sin resbalar en el barro. Y si un día me llega la fama y el prestigio de mi opinión, los sentiré como anexos a mí, como ortopedias de mi vida que resultan agradables sin conducirte a ningún lugar. 
No es por intentar ser honesto por lo que me quiero. 
La vida te rodea a veces de bondades, de pequeños regalos, como en mi caso el don de la palabra escrita; te ofrece amores y aventuras, conocer el desconcierto de no saber por donde caminas, de descubrir la cosas más grandes en los trazos más pequeños. Y reconozco que soy un hombre con suerte: siempre todo me ha costado mucho y nada me ha resultado fácil, ni inmediato, ni comprensible, ni a veces ameno. Por todo esto creo que he tenido suerte. 
Tampoco por intentar ser justo es por lo que me quiero. 
Han sido mi errores los que me hacen apreciarme; son mis defectos los que me tienen absorto de admiración, es ese vano intento de superar mis deficiencias lo que de verdad me hacen quererme. Porque todo lo he superado y estoy aquí. 
Yo he cometido muchos errores en mi vida, errores que he pagado con mucha angustia y muchas lágrimas; errores que nunca me han hecho aprender todo lo que debería para no cometerlos otra vez. Mis decisiones, incluso, sin querer, han podido molestar a otras personas, han podido hacer daño a otras personas. He podido ofender por no fijarme en los principios morales por los cuales todos nos guiamos. Además soy un ignorante, porque no conozco multitud de cosas que tendría que haberme esforzado en aprender, que descubres, tarde, que estás haciendo el imbécil con tu vida y con tu tiempo. Nada me duele más que no haber pensado en crecer como ser humano, sino solo en acaparar como ser avaro. 
Creer que la felicidad está en un buen sueldo, en una bella pareja, en unos hijos ejemplares, en un provenir de prestigio. Creer que la meta es ser más y no ser mejor. He perdido muchos años de vida con esas premisas... equivocadas. Y a nadie le responsabilizo (o en todo caso allá ellos si son honestos y se exigen a sí mimos) por las mentiras que he querido creer, por los silencios que no he escuchado como me gritaban, por los vacíos llenos de figuras de porcelana, por lo sueños compuestos de nada. 
A veces, como hoy, me pregunto si mi vida no ha sido, casi, siempre una secuencia de desaciertos. ¿Cómo es posible que haya llegado hasta aquí? 
Pero aquí estoy, y soy consciente de que vivo, de que pienso, de que cada cosa que me ocurre me hace mejor; que cada momento importante de verdad lo es no porque signifique algo importante para mi vida, sino precisamente porque es mi vida. Y es en estos pequeños detalles cuando me siento yo mismo. Soy el resultado de todos mis errores y cuando debería estar pensando en ser abuelo y conseguir una casita en la playa, resulta que: tengo un amor ilusionante; tengo unos libros ilusionantes; tengo unos principios morales ilusionantes; tengo una familia, unos amigos, un mundo ilusionante que me rodea por todas partes. Tengo un mundo por aprender, un vacío por rellenar, un silencio por escuchar, una meta por esquivar, un amigo por querer, unos necesitados a los que ayudar, un camino por abrir. Tengo un sueño... VIVIR. 
Tal vez porque nunca me he querido, tal vez, nunca haya sido feliz. Que no es otra cosa que quererte al fin, así, sin más, a ti.

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