Era un año de estos, no hace mucho, cuando tuvo un problema que casi acaba con su vida.
Los hijos, los buenos hijos, no quieren parecerse a sus padres y no porque no los admiren o nos los quieran, sino porque piensan, supongo, que si no son diferentes no serán independientes: signo inequívoco de inteligencia.
Su hija era, por decirlo suavemente, algo fuerte de carácter. Tenía el extraño sentido de la audacia, que unido al de la inexperiencia en la vida, lógica a su edad, quiso hacer algo para lo que no estaba preparada.
Se quería marchar; se marchó. Yo también querría marcharme; quién no querría marcharse del lugar donde nada te es feliz o nadie te comprende. Ella había sido la niña de papá; la ojito derecho de mama y ahora todo había cambiado. Todo, excepto el sentimiento de abandono que tenía de que nunca fueran a volver los tiempos de felicidad. Ante estas cosas qué hay que hacer. Desde luego seguir en la vida, como si estuvieras en un río: adaptarte a la corriente, adaptarte al tiempo en que te toque vivir y sobre todo confiar en las personas.
Ella era ante todo un pájaro libre de ataduras, de jaulas restrictivas, que la impidieran volar donde quisiera: el cariño exacerbado, el mimo de lo más elemental de las necesidades hace, a mí me haría, huir de todo aquello que me lo impusiera.
Ella se marchó; yo también me quiero ir. Se marchó porque su padre la asfixiaba. Decidía por ella: ‘es tan joven, le falta tanta experiencia’ –decía–. Eligió sus estudios: ‘son los que más te convienen’ –le dijo–. Preparó su boda: ella sólo pudo escoger entre los hijos de los amigos de su padre, su novio y futuro marido la quería, seguro. Le compró la casa: ‘es una buena zona’. La compró el traje de novia: ‘igualito que el que llevaba mi mujer cuando nos casamos’. Y de la boca de su hija nunca salió una queja, una duda, un reproche a un padre tan atento. No obstante, el pajarillo no era feliz. Sin decir nada, ni pío, desapareció una semana antes de la boda. No volvió del trabajo que su padre le había buscado después de que ese día hubiera cobrado la paga extra de navidad.
Era navidad, el día del sorteo de lotería. Nadie supo de ella hasta tres días después. Una postal breve llegó al buzón de la casa de su padre sin sello: la había llevado en mano, en ella escribió: ‘Esto es todo lo que vas a saber de mí, una felicitación en Navidad, en recuerdo del cumpleaños de mamá. Estoy bien y quiero volar fuera del nido que tú me has construido. Te quiero’.
Al padre lo ingresaron con una taquicardia. Nadie pudo localizarla: el desconcertado novio, los preocupados compañeros de trabajo, su mejor amiga que recorrió todos los lugares que durante años habían visitado juntas por si alguien la había visto. La policía archivó la denuncia por desaparición: las personas que la querían reconocieron que era su letra. La policía dijo que era mayor de edad y que no había un solo indicio de un supuesto secuestro.
El padre se recuperó y fue cuando empezó a mandarme cartas para consolarse, así es como conocí la historia.
Perdió en un año de su vida diez de su salud; estuvo al borde de la muerte por una angina de pecho el mismo día que hizo un año que su hija se había marchado; tres días antes de que llegara una nueva postal sin sello a su buzón con el siguiente texto: ‘He sabido de tu salud, de tus enfermedades, pero si quieres a tu hija, dejarás de echarme la culpa por abandonar la jaula de oro que me construiste. Yo no soy feliz ahora, como cuando estaba a tu lado, pero ahora no soy feliz por decisión mía. No quiero que sepas nada de mí, hasta que decidas que aquello que haga, sea lo que sea, lo hace tu hija, no la reencarnación de tu esposa o la continuación de tu esposa: mi madre’.
La esposa, la madre, estaba muerta hacía años. Este hombre, como tantos otros, estaba muy enamorado de la mujer que había elegido para vivir juntos. Su ausencia le privó del aire para respirar. Había transmitido ese cariño obsesivo a su hija y las consecuencias las estaba pagando con creces.
La segunda carta de su hija pareció hacerle un efecto balsámico; se había endurecido, curtido en el corazón; en sus cartas parecía mas sereno, con la esperanza de que su hija alguna vez le perdonara y volviera a su lado.
Llegó el segundo aniversario, el día de Navidad se levantó a las 4 de la mañana y se quedó fijo en la ventana desde la que veía el buzón, ni al servicio, ni a comer se levantó hasta que llegó el mediodía. Durante 30 segundos se acercó a la cocina donde había dejado preparado una comida fría y volvió a la ventana. Vio pasar por la verja de su jardín, pegado al buzón, a un hombre joven empujando un carrito con un niño dentro, que apenas si paró un segundo a mirar la casa y siguió su camino. ‘¿No?’ –se dijo– ‘no puede ser, no puede ser’. Y siguió vigilando. Cuando salió del trabajo llegó a su casa el novio abandonado y le relevó un momento para descansar. Y así continuaron hasta bien entrada la madrugada. Salió hasta la puerta para despedirle y al volverse para entrar se dio cuenta que en el interior del buzón, a través de los agujeros del mismo, se observaba un papel. Allí estaba la carta de su hija, otro día de Navidad. ‘Papá. Seguramente has estado esperando verme llegar a tu buzón, llorarme, pedirme disculpas, rogarme que volviera contigo, que hiciera lo que quisiera con mi vida pero que no te dejara solo y no estas solo. La carta te la ha llevado mi hijo, tu nieto, y mi marido. Y tú no habrás reparado en ellos. Tendrías los ojos llenos de lágrimas por mi ausencia, por tus errores, y éstas te han impedido ver que el mundo sigue. Te quiero.’
Lo encontró un viandante, tirado en el camino de piedra que lleva a su casa dentro del jardín. El ataque al corazón había sido muy severo y fue operado a vida o muerte. Consiguió sobrevivir porque nunca había fumado ni bebido alcohol, más allá de ocasiones de celebración y fiesta.
Durante unos meses estuvo convaleciente y sus cartas se hicieron esporádicas. Estaba muerto en vida. Invité a algunos conocidos de correspondencia a que le escribieran, a que le ayudaran a sobrellevar sus, ahora, evidentes ausencias.
Fue el caso que una de estas personas llegó hasta su corazón; hizo, no olvidar pero si mitigar, el desasosiego continuo. Ella le contó la ausencia de su marido, fallecido, desde hacia 10 años, lo que le quería; y como deseaba tener esa confianza con alguien, como tenía con su esposo: para contarle lo preocupada que estaba por el hijo y que, al fin y al cabo, había llegado a la conclusión de que su hijo sabría lo que hacer correctamente y sabría decidir.
Congeniaron; se hicieron amigos; se hicieron casi amantes platónicos por correspondencia, cuando se acercaba el tercer aniversario de Navidad sin su hija. Se lo dijo a ella, a esa mujer que le había comprendido y ayudado. ‘Deja de pensar en tu hija a todas horas, te invito a que vengas a mi casa el día de Navidad, para que celebres con nosotros la fiesta y conocernos en persona’.
Por una vez y con la razón bien atenta aceptó.
Llegó la Navidad. Se levantó temprano. Miró de reojo el buzón desde la ventana y no vio a nadie: eran las siete de la mañana. Salió a hacer un poco de ejercicio como le había recomendado el médico, todavía era un hombre joven. No quiso mirar el buzón cuando volvió de corretear por la playa. Se enzarzó en la preparación de un pollo con la receta familiar y se le pasaron las horas. Había llegado el momento, su amor platónico epistolar le esperaba y todavía se resistió a mirar el buzón. Preparó el pollo para llevárselo. Cogió una botella de vino que estaba allí desde que se había casado: ‘lo mismo es vinagre’ –me dijo que pensó–. Y cuando todo lo hubo colocado en el coche, fue entonces cuando vio un reflejo blanco en el interior del buzón. ‘Sabes Alonso ¡me quería morir!’ –me escribió–. Lo abrió mecánicamente y allí estaba la misiva de su hija, la de todos los días de Navidad. Pero no la abrió. La echó al asiento del acompañante y se dirigió donde le esperaban. Al llegar a la casa estuvo unos minutos pensando qué hacer: arriesgarse a otra desilusión y abrir la carta antes de entrar, seguramente, en otro mundo sin su hija o dejarlo todo como estaba ahora.
Abrió la carta porque uno, pienso yo, nunca puede dejar de ser padre: ‘Me alegro que te hayas recuperado; todavía no has perdido la forma de atleta que decía mamá que tenías, te he visto correr por la playa y te he visto bien. Ya ves, la vida, a veces, se lleva y luego te devuelve cosas, como las olas de la playa. Me alegro que haya otra mujer en tu vida, a parte de mamá y de mí. Espero que vayas más a la playa, seguramente encuentres más cosas. Te quiero’.
Todavía estuvo esperando unos minutos. Su cuerpo no le jugaba malas pasadas. Estuvo esperando con las pastillas en la mano que le había dado el médico en caso de repetirse el ataque. Seguía allí, ‘Alonso las cosas que queremos nunca se van de tu lado del todo’ –me escribió feliz después de todo–. Pensando que su hija estaba a su lado siempre y el no la veía. En una mano la carta, en la otra las pastillas.
Lo tiró todo sin mucho cuidado al asiento del acompañante; cogió el pollo y el vino y llamó a la puerta donde cambiaría su vida.
Él me escribió tiempo después, que cuando se abrió la puerta oyó el mismo sonido que produce una gran ola que se adentra en la playa sin obstáculo y sin violencia. Y cuando la ola pasó escuchó el regalo que le había dejado: ‘Hola papá, te estábamos esperando. Pasa, quiero presentarte a mi suegra, con quien te has estado carteando, a mi marido que es su hijo y a tu nieto’.
qué historia más conmovedora...
ResponderEliminarme encanta....