Juano dejó de mirar el sendero cuando el sol se ocultó. Se vio como una sombra se alargaba hasta donde él se había quedado sentado, esperando, con la completa seguridad que aparecería, pero no apareció. El único y verdadero motivo era que apareciera, que aquel lapsus, ya de unos días, en el que no habían estado juntos, se acabara con un reencuentro, con unas sencillas palabras, acompañadas de una ligera sonrisa que todo lo cicatrizaría.
Juano no tenía muchas luces; eso no había impedido que sus sentimientos, dotados de una honda expansiva, hubieran cubierto los días, los meses, los años de una pasión, tal vez juvenil, pero pasión sincera. Juano no se enredaba en digresiones, en recovecos, en estúpidas dudas sobre los sentimientos más profundos. Existían o no existían los sentimientos, esa era su dialéctica. No podían convivir en la misma persona la mentira y el amor, pensaba Juano.
Tenía la edad madura para indignarse, sentirse ofendido, humillado; pero su desarrollo infantil nunca le permitió llegar a comprender el por qué de la traición y la cobardía. No se siembra un árbol para que te dé sombra, y cuando ha crecido y ya te puedes resguardar bajo sus ramas, dejarlo que se seque. No es que ahora no te guste el árbol, es que nunca lo quisiste. Le hubiera dicho si por lo menos la hubiera vuelto a ver.
Juano es igual que un árbol, anclado a la tierra y a sus raíces; a su pequeño jardín del que conoce todo, del que lo sufre y lo disfruta todo. Aunque ahora sus ramas ya no dan sombra nadie; está solo en su edén, sin nadie por quien vivir. Las palabras de sus conocidos le quedan vacías: hay otras muchas flores a las que cortejar; tu sombra es la de un hombre bueno, otras te querrán; solo es un jardín, alquílalo.
Juano se levantó un día con el ánimo dispuesto. Nunca había salido del pequeño territorio que su mermado intelecto le permitía. Taló el árbol que había visto crecer durante tantos años, dejándolo troceado para el fuego. Cubrió de sal el parterre de sus flores. Dejó abiertas las ventanas y las puertas de su casa. Se despidió de su perro, que a pesar de ello no le abandonó. Fue a la policía y les dejó las llaves de la vivienda, por si le hacía falta a otro. Y les advirtió que se marchaba y que no pensaba volver. No se despidió de nadie más... todos eran para él como si hubieran muerto al mismo tiempo.
Algunos le vieron a la salida del pueblo, caminando con un pequeña mochila, sonriendo por primera vez desde hacía mucho tiempo; alejándose, acompañado de su perro. Me gustaría saber dónde esta Juano, tal vez un poco en el fondo de todo ser humano.
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