Yo que siempre te siento cercano cuando te escribo: “Un abrazo, Enrique”, hoy quiero ponerme formal. No para poner distancia sino solemnidad, y es para hablar del honor. No del honor patriótico, tan manido en películas de segunda fila; tampoco del honor de pueblo o de raza o de religión; ni mucho menos del honor de sexo, de cultura o conocimientos, de ideas o de descubrimientos filosóficos, no. Quiero hablar del honor de mi palabra.
Les doy mi palabra que lo que prosigue no es una verdad abrupta y despiadada, sino, como decía Aristóteles, una verosimilitud o una necesidad de lo que haya acontecido o fuera a acontecer. Hoy que con la impunidad de los medios de comunicación tenemos un retrato continuo de los personajes públicos en los que nos miramos, nos damos cuenta que la preponderancia de estos personajes no corresponde con la grandeza de su alma, sino más bien con la circunstancias coyunturales que les colocan donde no corresponden. Y esto no nos excusa de la miseria con que nos comportamos en nuestra vida diaria y particular, pero sí es un mal referente que al mirarte en un espejo el reflejo que veas sea alguien que no tiene honor.
Si esta fuera la intención, hablar de las personas sin honor, ya estaría demás lo que añadiera a partir de aquí. Todos tenemos una clara visión de estos personajillos que juegan con nuestra vida y con nuestras haciendas. Lo que necesito —como un borbotón— es hablar de mi palabra.
La palabra dada es mucho más que un compromiso de cumplimiento: “te recogeré a las 7”, “el trabajo te lo entrego mañana”, “te prometo que siempre te querré”. El cumplimiento futuro no depende de ti exclusivamente: hay imponderables. Tampoco tu palabra es guiarte por los mismos principios coyunturales en tu vida, en toda tu vida: tenemos derecho a equivocarnos, también cuando rectificamos. Por fin, la palabra tampoco puede ser no molestar ni permitir que la cosas no cambien; o para que nadie se enfade con mi palabra dejar de lado mis opiniones cuando tengo enfrente opiniones contrarias; o porque te quiero (y es verdad que les quiero; a todos) dejar de decirte aquello que hace falta para que mejores y seas feliz. Decía Aute que el pensamiento es estar siempre de paso, de paso.
Mi palabra soy yo, no mis opiniones; mi palabra es mi actitud, no solo mis equivocaciones; mi palabra es aquello que me diferencia de quien tengo al lado, no para bien o para mal, sino para mostrar que es el honor lo que rige en mi vida. Es decir: la justicia social, el respeto de otras opiniones no por la convivencia sino porque puedo estar equivocado, la comprensión y la ayuda con aquellos que están peor que tú, es amar a todos ofreciendo y ayudando no exigiendo y que tu sombra, esa que al final te refleja, sea igual que la imagen que crees tener de ti.
Cuando la vida me ha puesto en una encrucijada, cuando he tenido que escoger entre lo fácil y lo difícil, siempre he escogido lo difícil. Reconozco que inconscientemente, y que con ello siempre me he equivocado... para bien; porque en mi vida, la palabra y el honor, no es algo que uno escoge, es aquello que necesito para vivir: les doy mi palabra.
Me gusta mucho tu artículo, daría para una larga conversación, sobre la vida, las decisiones que tomamos, cuando nos equivocamos, o creemos que nos hemos equivocado...es complicado pero es la vida, solo los que tienen conciencia de verdad, sentido del honor, y dignidad, se plantean estas y otras muchas cosas...
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