Yo soy nada. No se trata de tener la moral algo baja, que tampoco sería extraño. Tampoco se trata de pensar que soy un fracasado, alguien con la fecha de caducidad cercana. Ni tan siquiera me refiero a no ver perspectiva en mi futuro inmediato, que no la veo. Es mas bien una sensación de llegar tarde, de ir despacio, de que cuando llego hay otros usos, otros gustos, otras alternativas y debo empezar de nuevo a luchar.
Afirmando que soy nada, quiero decir que nunca me siento al día, que lo conseguido es poco importante para el momento presente y que ahora se espera de mí algo más, como si alguien, con referencia a mi vida, me pusiera una zanahoria delante de mis narices y nunca, por más que me esfuerce, alcanzara la dichosa hortaliza.
Reconozco que esto se parece a lamerme las heridas y que resulta más burro que perseguir la zanahoria. Pero necesito tener la sensación de que algo, de lo que en mi vida me esfuerzo, está en su tiempo, a su hora, en su momento. Tener la sensación de que sirvo para lo que me interesa, me gusta, me es necesario. Si pudiera retorcer el tiempo, porque nada se puede evitar, y reproducir los momentos de mi vida en otro orden: tendría los mismos años de mentiras, la misma sensación de aprendiz que siempre tengo, el mismo sentimiento de ser un bicho raro que siempre me acompaña, la eterna lentitud de la culminación de mis deseos, la rápida caída en desgracia que siempre me alcanza; pero planificaría tener la pequeña satisfacción de que he llegado a una marca, a un hito, a una meta volante como en las carreras ciclistas. Tengo motivos para ser paciente, porque al final la vida me da lo que necesito: un amor de verdad; un ajuste en las relaciones cercanas que me da a entender que no me equivoqué, a pesar de que no alcance el éxito (que no la fama) o el triunfo (que no la victoria) sobre los que se han reído de mí. Bien sabe quien me conoce que no aspiro a nada que no sea vivir dignamente, lo demás es superfluo: no lo rechazo, pero no lo busco.
Las personas más cercanas conocen y respetan mis ilusiones, lo que me siento más que lo que soy, donde he llegado más que de donde he salido. No obstante la gente sin ilusión o con aspiraciones pacatas miserables, se atreven a despreciarme con comentarios peyorativos que minusvaloran mi labor creativa, con la triste argumentación de que no soy un Vargas Llosa o un Perez Reverte. Claro que esto no me molesta (bueno algo sí), lo que me hace es reflexionar sobre dónde estoy, sobre qué soy. No soy del común de los mortales para los cuales resulto un tipo raro con ideas raras y aptitudes más raras todavía. Para los creativos y el su mundo no existo. Esto resulta en un difícil encaje con la cotidianidad. Al fin y al cabo, puedes ser el number one de tu mundo pero al volver a casa por la noche querrás un abrazo cariñoso, una presencia reconfortante, un sentimiento de sentirte querido por quien te espera... tampoco tengo esto; parece que llego tarde, que sufro la penalización por no se sabe que recónditos motivos que ignoras. Llego a destiempo, no encuentro el hueco donde colocar mi almohada y descansar, no soy de los que he dejado atrás ni de los que quiero parecerme, no estoy al sol ni a la sombra, no soy blanco ni negro, no soy azul ni rojo, no soy viejo ni joven, no tengo futuro ni desolación, no existo y estoy en todas partes.
Tal vez os parezca pesimista, pero lo único que pido es un vaso de agua en una larga travesía del desierto. Ya sé que soy algo, mi pequeño Sol me hace sentirme casi tan grande como su amor. Si me concedieran un sueño, un deseo, solo pediría calma, paz, detalles, sonrisas; es decir, que pueda ser quien soy.
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