En España parece que hay dos clases de demócratas: aquellos a los que no se les puede llevar la contraria porque se enfadan, y los que no quieren enfadar a los que se molestan. Se juega a una especie de equidistancia políticamente correcta que deje las cosas como están, porque —dicen los agoreros— las cosas solo pueden ir a peor. ¡Que cobardía!
No está mal como táctica militar: hacer mucho ruido para asustar al enemigo. La pregunta es obvia: ¿estamos en guerra? Y por tanto ¿tenemos enemigos? Es evidente que para una parte de los demócratas españoles sí. Es probable que piensen, esos demócratas a los que no se les puede molestar, que si se levantan cadáveres de las cunetas algún agujero de bala lleve el nombre de un abuelo o de un pariente al que se considera un orgullo familiar. Sus pensamientos serán similares al pariente de Franco que acaba de publicar un libro en el que dice del dictador que era un abuelo entrañable, cariñoso y cercano a su familia. No me cabe ninguna duda de que es rigurosamente cierto. Lo que me deja helada la sangre, es que ese viejo simpático que juega con sus nietos, por la mañana haya firmado condenas de muerte, negado indultos de causas absurdas y ordenado el aniquilamiento de decenas de miles de ciudadanos que su único delito era pensar diferente. Los herederos políticos de esos salvapatrias hoy son demócratas autoritarios, a los que no hay que molestar porque pueden traer a otro Franco.
La gente no se traga eso, ni por asomo hoy un militar se va a levantar en armas contra el orden constitucional y va a imponer una dictadura. Los españoles somos bastante más inteligentes que eso, más preparados, más capaces, más valientes, más demócratas. ¿Dónde reside el problema? En que los políticos no nos representan: no representan el sentir de la gente, no representan las alternativas de la gente, no representan las ilusiones de la gente; y lo que es peor: no defienden los diversos intereses de sus votantes.
La ciudadanía tiene superada la guerra civil del 1936, pero una banda de carcamales que no saben en qué siglo están o en qué país viven, andan reviviendo esa guerra inútil y cobarde para su propio interés. Hacen ostentación de enfado y de ofendidos porque no quieren que les toquen a sus muertos, aunque no les importa que haya otros miles de cadáveres escondidos en los recovecos indignos de los caminos. Con esta alharaca, y con el poder que ostentan, pretenden y consiguen establecer un punto equidistante más cerca de sus posiciones. Como de todas formas no viven en esta sociedad, pues se encuentran en un limbo jurídico del que nadie les saca, y no tienen vergüenza, no tienen problemas de que les digan o les señalen como indignos representantes de una ciudadanía que hace tiempo viaja mucho más adelante.
Pero ¿dónde están los herederos políticos de los perdedores de la guerra civil de 1936? Equidistando de las posiciones de los otros demócratas intolerantes; su papel es ser los demócratas que no quieren molestar. Y con toda la poca vergüenza de la que son capaces de acumular, argumentan que ahora no es momento de crear más fricciones, que hay que entender las diversas sensibilidades de la población española. ¿Habrán hablado estos con alguien que no les haga la pelota en los últimos años?
Lo digo, no me siento vivir en una democracia cuando miles de españoles asesinados vilmente se extinguen en las cunetas. Alguien se imagina esto en Estados Unidos o en Francia o en Gran Bretaña o en Alemania; en todos estos lugares han tenido guerras, y han tenido perdedores y traidores, ninguno está tirado por las cunetas, ninguno ha sido humillado después de muerto. Decidme ¿en qué democracia vivimos? ¿la judicatura representa al sentimiento de este país? ¿Los políticos, cualquiera de ellos, representan a los españoles?
Lo siento, pero no voy a ser equidistante con la indignidad.
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