Hombre en construcción: La ambigüedad

lunes, 9 de enero de 2012

La ambigüedad


La ambigüedad siempre ha tenido mala prensa. Es como un sambenito del que no puede desprenderse: si no eres claro es que algo escondes. Y se la confunde con la ocultación, la anfibología, el retruécano, incluso se la equipara con la apariencia y la impostura.
La ambigüedad, sin embargo, es muy tímida; diría que se avergüenza de no ser más concreta, más directa. Camina siempre en el límite entre el menosprecio y la compasión; cuando no, entre el desprecio y la lástima. Ese ser ambiguo que todos conocemos puede tener, no obstante, muchas caras… nunca mejor dicho.
Hay personas ambiguas por miedo; esto parece obvio en este mundo donde no se te admite que seas diferente. Así, los homosexuales que no se han mostrado públicamente, juegan a la ambigüedad de aparentar (por miedo) antes que mostrarse como les gustaría. O como los malos profesionales, que cuando les aprietas el zapato salen diciendo que tú no sabes de qué estás hablando. Además tenemos los ambiguos inconscientes, ya que en la vida hay que tener claras muchas cosas y no solo las evidentes. Así, oyes respuestas del tipo: “son todos iguales”, refiriéndose a los políticos; y no porque no lo sean, que en cierta forma se le puede dar la razón, sino porque no tiene ni idea al no interesarle la política; o también se oye: “si me dejaran esto lo arreglaba en un rato”. Da igual qué haya que arreglar y qué se entienda por “rato”, lo que importa es saber responder con contundencia algo tan ambiguo que nadie lo pueda rebatir.
Por el contrario, goza de buena fama la sinceridad; tanto, que parece antónimos de personalidad el ser ambiguo y el ser sincero. Pero… que entendemos por sinceridad: decirle a tu pareja algo que te desagrada de sopetón, decirle a un hijo que no se esfuerce que no sirve para astronauta, decirle a un amigo que estas harto de sus chistes picantes porque te parecen soeces. ¿Quién es realmente sincero, totalmente sincero? Nadie. Mentimos y nos inventamos subterfugios para rodear la sinceridad. No somos totalmente sinceros cuando hablamos de política, de sexo (ja, ja, ja…), de dinero, de éxito; de tantas cosas que no se como no se nos cae la cara de vergüenza.
Quiero reivindicar la ambigüedad.
La ambigüedad te evita que mientas, porque no tienes que definirte por algo que en principio no te agrada… o te agrada mucho. La ambigüedad te evita tomar decisiones precipitadas pues nada está lleno completamente dentro de ti. De hecho la ambigüedad te permite crecer; si dejamos de pensar que tenemos una larga experiencia que nos has enseñado todo, conseguiremos descubrir cosas nuevas que puedan enriquecernos, caminos nuevos que no resultan extraños (o repulsivos por lógica) vistos desde otro enfoque. Es más, cuando defiendes una postura difícilmente serás convencido por la palabra, al igual que te resultará imposible convencer con la misma. Si no defiendes una postura, si te dejas llevar por los razonamientos del que te ofrece una experiencia, percibes mejor su realidad, su mentira o su esencia. Cuando hablas de homosexuales con gente que no lo son, siempre salta la típica frase: “¡qué asco con un hombre!”, si es un hombre el que habla; o “¡qué asco con una mujer!”, si es una mujer la que lo ha dicho. Yo siempre respondo que no tiene que ser tan malo acostarse con un hombre y con una mujer, pues, casi, la mitad de la población lo hace; es decir, las parejas heterosexuales.
La ambigüedad, tímidamente dicho, no es mala: la ambigüedad elegida. La impuesta por la ignorancia, por el miedo, por el interés, por los votos, por el qué dirán, por la sociedad, por la vaguería, por los demás… me parece despreciable quien la obligue o quien la escoja por comodidad.

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