Todo lo que tenía que hacer aquella tarde era… nada. Estaba solo en casa y hasta el día siguiente no vendría nadie y tampoco tenía que ir al trabajo. El frigorífico estaba lleno y con comida ya preparada para cuanto tuviera hambre. En resumen… estaba de los nervios.
Es cierto que cuando la rutina nos envuelve, es como un abrazo con amor: te aman pero te abrazan, te sujetan; te sientes amado y también amarrado. Quien te ama es como si te estuviera diciendo: quiero que estés aquí, a mi lado. Y esto agobia. Sin embargo, esta tarde no tenía rutina, todo aquello que quisiera hacer sería novedoso y diferente a los demás días. Aunque la falta de preparación, de previsión hace que en realidad se encuentre agobiado.
Muy resuelto, se levanta de estar tirado en el sofá, más que sentado, y decide que para calmarse va a dar un paseo. En su dormitorio busca ropa cómoda que ponerse, que no sea un chándal que le parece muy cutre, y por fin, después de revolver no se sabe cuántos sitios, encuentra un vaquero y una camiseta con una imagen de cannabis que hacía siglos que no ponía. De repente, se acuerda que tiró al fondo de un pequeño armario bajo, unas zapatillas de deporte muy viejas, que parecían una alfombra, pero al meter la mano lo que encuentra son unos viejos zapatos, que no asocia a ningún recuerdo. Vuelve a meter la mano y esta vez sale vacía: nada de las viejas zapatillas; seguro que las ha tirado su mujer.
Descalzo se sienta en la cama y mira, o sopesa, ponerse esos zapatos que no recuerda cuándo los puede haber usado, pues no le suenan de nada. Con suma delicadeza, cual si se fueran a desintegrar en sus manos, procede a desabrochar uno de ellos, pues se encuentran de esa manera tan poco ortodoxa que tiene algunos de quitárselos sin desabrochar. Según hace esta operación parece que lo zapatos fueran tomando lustre, como si algún polvo extraño se perdiese al irlos desatando. Introduce en el pie este primer zapato y lo abrocha de una forma simple. Coge el otro y el ritual se repite: también éste parece despertar de un letargo de no sabemos cuánto tiempo. Al ir a colocarse este segundo zapato, observa que el primero está muy bien abrochado con doble lazada, los cordones perfectamente alineados y los restos del lazo exactamente iguales. Esto le alegra porque le gusta hacer las cosas bien, aunque no recuerda haber sido tan atento cuando los abrochó hace un instante. Se coloca el segundo zapato y se incorpora. Se siente bien, ya no está tan agobiado; va a dar un largo paseo y se siente con energías. Un pequeño movimiento, aparentemente involuntario, hace que el pie derecho se mueva. Él aprovecha la inercia y sale andando. Por un momento piensa en pasar al baño para ver si va bien peinado, no obstante sus pies no paran y caminan derecho a la puerta, al final del pasillo. Justo cuando llega a la misma coge las llaves que se encuentran por allí, sin parar lo más mínimo. Abre la puerta con la manija, sale y cierra de un portazo. Está fuera.
Con premura, como siempre, baja los escalones desde el primer piso corriendo y ya en la acera reflexiona hacía donde encaminarse. El primer instinto es dirigirse al parque, aunque no haga tiempo de sentarse a la sombra en esta primavera incipiente. Por otra piensa en aprovechar el paseo y ver unas cuantas cosas que necesita comprarse en el centro recorriendo tiendas.
Sin que se explique cómo, sus pies se mueven en dirección al parque, incluso diría que sus pasos son más rápidos de lo que él quisiera. Hacía tanto tiempo que no paseaba así, con ganas, sin tener que ir a ningún lado, que esta decisión espontanea de “parquearse” le ilusiona. Cuando llega a un semáforo que se encuentra en rojo, para su sorpresa no para, sus zapatos parecen tener vida propia, sortea los coches con pequeñas carreras y sólo recibe el pitido de un vehículo que le recrimina más por la acción que por el peligro. Recuerda que esa era su costumbre cuando tenía algunos años menos, no pararse ante nada. Sin explicación que pueda justificarlo comienza a reír, al principio algo tímidamente y luego a verdaderas carcajadas, sin parar de andar. Un poco más adelante, cuando está a punto de entrar en el parque se encuentra con un amigo: es un poco pesado aunque buena persona. Procuraré que no me enrolle, se dice. Desde unos metros antes de cruzarse ya le saluda: “¿Qué tal, cuánto tiempo sin verte?”. El amigo se para desconcertado y sin decir nada levanta una mano en forma de saludo. “Espero que no cambies nunca”, continúa, a la vez que choca la mano que el otro mantiene en el aire, sin dejar de andar, y se introduce en el parque. Todavía espera unos metros y vuelve la cabeza para ver la reacción del conocido, que se aleja muy despacio sin llegar a comprender tanta euforia.
Nada más llegar a la primera sombra los pasos se ralentizan y su olfato se sensibiliza, hasta el extremo de seguir los diversos olores que le llegan a su nariz cual perro en busca de presa. Empieza a sospechar que algo extraño le ha ocurrido, porque no recuerda haber disfrutado desde hace mucho tiempo de este precioso jardín, de sus fragancias naturales, de su música natural: el murmullo de las hojas, el canto de los pájaros, el susurro de las voces que contaran confidencias. Tiene un sitio favorito: un lugar al lado de una cascada, en un pequeño estanque con patos, prado y sombra. Se está dando cuenta, mientras se dirige a ese lugar especial, que la gente lleva jerséis puestos y algunos el paraguas en la mano; mientras que él sólo viste una camiseta de manga corta, pero no tiene frío pues hace sol y éste le calienta.
Ya en su lugar favorito. Sentado al sol primaveral. Extasiado en la contemplación de la imagen paradisiaca que se proyecta en sus ojos. Su mente, libre hasta ahora del pasado y del futuro, se centra en aquello que tiene aparcado: en las deudas que no sabe si podrá pagar, en los compromisos de fecha para trabajos, en el tiempo que lleva sin visitar a su madre; en fin, en la vida girando en esquinas que nunca esperamos. Sin pensarlo, de forma inconsciente, se quita un zapato sin desabrocharlo y se lo queda mirando un momento, al dejarlo sobre la hierba el nudo de deshace solo y el zapato se expande. Supone que no estaba bien apretado el lazo, que la casualidad y no la causalidad será lo que acaba de ver. Se quita el otro zapato mucho más atento, y también se le queda mirando y lo deja sobre la hierba, y no, no se deshace el nudo que lo ata. Lo que si nota de repente es frío, ha coincidido con una pequeña nube que al instante pasa y dejar brillar de nuevo el sol, pero en el persiste una sensación de estar demasiado a la intemperie. De haberse dejado guiar demasiado por la vista y poco por el termómetro.
A la sensación de frío se une además la sensación de que el mundo se le cae encima: podría haber ido a visitar a mi madre o haber adelantado el trabajo que se me echa la fecha encima, se dice. Nada es más agobiante que pensar que no te mereces algo de lo que estás disfrutando; tienes la sensación de vivir de prestado, de engañar a los demás o de aprovecharte de su cariño. Realmente tiene frío y a pesar de ello se centra en disfrutar de este paisaje que hacía tanto tiempo que no miraba. Un pato se aventura fuera de la orilla del estanque y con determinación se dirige a donde él se encuentra; en concreto llega hasta los zapatos que tiene al lado de sus pies y con un poco de torpeza deshace el nudo del zapato que no estaba deshecho. Se le queda mirando el palmípedo, suelta un “cua” aparentemente expresivo y se vuelve al estanque.
Como en una revelación comprende que el motivo de que esté aquí y ahora es por los zapatos. Comprende que las cosas son como son, que las circunstancias a veces te ayudan y otras te frenan, que la vida no hay que tomársela demasiado a pecho pues al fin y al cabo siempre se acaba… cuando llega a esta conclusión, sólo se le ocurre una cosa: reír; reír a carcajadas y reír más al ver la cara de la gente que pasa a su lado como le miran estupefactos por que ríe. Sin dejar de sonreír se coloca los zapatos y con una habilidad que él no se reconoce, como si sus manos fueran manejadas por otro, hace unos nudos perfectos y se incorpora sin frío. Por primera vez en toda la tarde mira la hora y calcula que sin prisa y con estos zapatos “energéticos”, puede ir andando a visitar a su madre. El día es maravilloso.
Visitó a su madre. Trabajo algo al volver a casa. Cenó y disfrutó de una película en la televisión. Leyó un libro, después de hablar con su mujer por teléfono y de decirla que la echaba de menos y que la quería: “Si sólo hace unas horas que no nos vemos”, artículo a contestarle, pero en el fondo la hacía muy feliz. Y durmió, una vez se hubo quitado los zapatos desabrochándolos antes, habiendo disfrutado de una tarde más como un niño con zapatos nuevos.
Cuando unos días después su mujer le preguntó que si esos zapatos tan viejos eran para tirar, sólo acertó a contestar: “esos zapatos son como mi amor por ti, cuanto más tiempo te quiero mejor me sientas”. Ya nunca fueron guardados al fondo de un armario.
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