Hombre en construcción: Lo que ya no seré

viernes, 8 de abril de 2011

Lo que ya no seré

Todos hemos tenido sueños de juventud (y no tan de juventud) de conseguir, de alcanzar o de ser algo muy diferente de lo que hoy, ya un poco creciditos, somos.

Ser un campeón deportivo parece estar en el ADN de los chicos, de los varones; porque son los nuevos gladiadores admirados y deseados por todos. Alcanzar una independencia económica en una profesión liberal, parece ser el sueño de emancipación femenina. Sin embargo, a todos se nos cae el sombrajo cuando vamos cumpliendo años y vemos que las metas, lejos de acercarse, se alejan irremediablemente. A veces por nuestra incapacidad propia o impuesta, a veces por las condiciones del momento que nos toca vivir.
La continuación es difícil, la pregunta repetitiva: ¿qué hacer? Supongo que la gente se hará la misma pregunta, cuando vas llegando a una edad crítica: 30 a 35, 40 a 45 años, según cada cual.
Yo, durante mi más reivindicativa juventud quise cambiar el mundo, sin darme cuenta de que el mundo cambiaba sin esperar mi aportación. Milité en un partido clandestino (todos eran clandestinos, claro) durante la dictadura de Franco y mi ideal era conseguir una sociedad justa; el tiempo me hizo ver que aquellos que dirigían mi partido, aquellos que más justos, honrados y entregados por la causa parecían, hoy tienen todos unas situaciones económicas holgadas. Desviaron su ingenio a lo material dejando la lucha por las libertades y por una sociedad más justa para cuando tengamos otra dictadura.
Otros sueños se hicieron más ilusorios, y por tanto más difíciles de satisfacer, en aquella parte intima donde se albergan nuestras ilusiones. Quise ser un jugador profesional de ajedrez, quise hacer una buena marca de maratón, quise ser padre (lo fui) y que mi hija cumpliera mis aspiraciones, quise, quise, quise… al final de esta maduración te das cuenta que no vale la pena el tiempo que dedicas a destacar, a prosperar o a conquistar; lo que realmente importa es disfrutar y este campeonato no tiene fecha de caducidad.
Así, ahora estoy aprendiendo a conquistar la luz del nuevo día, el brillo de la lluvia que se refleja en las hojas, el roce de las sábanas cuando me aman y amo, el canto de los pájaros de la sonrisa de las personas que me rodean, el ritmo jadeante de mi respiración cuando troto por el campo, los pequeños pasos que con dificultad va dando mi hija. Disfruto de cada cosa que escribo, sin esperar que me aclamen como un reencarnado Cervantes (que murió ignorado y en la indigencia); y las palabras que brotan de mi experiencia, ninguna me sobra, ni me suena mal, todas me identifican como lo que soy y siempre seré: un hombre en construcción.

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