Hombre en construcción: En este viaje

lunes, 13 de diciembre de 2010

En este viaje

Siempre tengo la sensación de no aprovechar el tiempo, de desperdiciarlo. Por ello me impongo la tarea de ir a todos los sitios con la mayor premura posible, con el vértigo de no perder un minuto; cuando en realidad, a veces, pierdo mucho el tiempo.
Por eso, de vez en cuando, viajo en tren. Para saborear la lentitud (claro, me refiero a un tren que no sea de Alta Velocidad), para poder percibir el paisaje sin la esclavitud de mirar la carretera, pendiente de los diversos mecanismos del vehículo, de los otros conductores. En el tren no hay que estar pendiente de nada; tienes el tiempo a tu disposición y además debes aprovecharlo.

Me entretengo mirando a los otros viajeros: con disimulo, sin parecer que me fijo en ellos, sin ser grosero en la observación. Es curioso que me sienta incomodo cuando no puedo dejar de mirar a alguien hacer algo que cree que no le ve nadie: el repeinado colocándose los testículos en el calzoncillo con la confianza de la supuesta soledad, la modosita embelesada en el guaperas del asiento delantero cuando no la puede ver, el currante que vuelve del trabajo y duerme con la boca muy abierta y casi roncando. En fin, que paso el tiempo de lo más instructivo viendo como la gente se comporta.
El otro motivo por el que me gusta viajar en tren es por el dilema que se me plantea a la hora de tomar asiento: ¿me acomodo a favor de la marcha o de espaldas a la marcha? Puede parecer ridículo, y la duda no viene por un posible malestar en forma de mareo, sino por las sensaciones que tengo según se coloca mi vista en relación al viaje.
Si voy mirando al frente me parece ir descubriendo mi futuro, al que llegaré en unos segundos o unos minutos. Si voy sentado de espaldas a la marcha, es como si estuviera mirando al pasado, lo que dejo atrás, lo que ya no volverá. En ambos casos experimento una sensación fuerte aunque muy diferente.
Si voy distinguiendo el devenir al que me dirijo, el anhelo de lo que me espera me mantiene en vilo, alerta, y más si ese día está lluvioso o desapacible; o si no conozco la línea y me sorprende cada recodo de la vía ante lo desconocido. Es la misma inquietud como cuando esperas una noticia que ha de cambiar tu vida; a lo mejor en algo insustancial o de poca importancia, pero que de alguna manera cambiará o se cumplirá un pequeña esperanza. Yo siempre pienso si veré desde el tren a alguien conocido al que pueda hacer un gesto de saludo, si descubriré un hecho siniestro o inesperado que me haga testigo único, si dejará de llover o si empezará a hacerlo. En cierta forma me siento un privilegiado porque conozco el porvenir… unos instantes antes. No es ésta una mala forma de viajar, cual si fuera la vida, pudiendo mirar al mañana para encontrar lo que nos viene por delante.
Si voy sentado de espaldas a como circula el tren, al contrario que en el otro sentido, me embarga una cierta melancolía. Ves alejarse las casas o las personas que te llaman la atención, los paisajes que te gustaría no se alejaran para poder disfrutarlos, incluso los colores, si está atardeciendo, se hacen lánguidos y eternos en tu retina. Cuando me siento mirando al pretérito, parece que las cosas buenas se me escapan, que no consigo asirme a nada, que sólo contemplo inmóvil el presente alejarse a toda velocidad.
Yo, que vivo en una pequeña ciudad, cuando cojo el tren voy a la capital, a la gran ciudad. Es curioso que siempre viajamos a lo grande o a lo importante, como si en la vida todo tuviera que ser transcendente: queremos hacer algo sustancial en nuestros viajes, no viajar por viajar por el simple hecho de conocer. Como decía, vivo en una pequeña ciudad y viajo a la capital. Viajo por disfrutar del viaje, por experimentar la sensación de lo próximo a lo que llego y de lo actual que se va. Porque, si puedo, durante el trayecto me cambio de asiento. Cuando me voy acercando a la gran ciudad, el tren se mete en un túnel subterráneo y circula uno cientos de metros así. Ahí procuro estar mirando a ese agujero oscuro, que se asemeja a un útero al que volviéramos como si quisiéramos renacer, después de haber vivido una vida en la que vamos mirando al allende o viendo perderse el ende. En entonces, cuando en ese órgano que no reconocemos, completamente oscuro, avanzamos tierra adentro; en busca de un puerto donde desembarcar de esta subsistencia en forma de un tren en marcha; donde las diversas paradas te han traído y quitado compañeros de viaje; donde te han tocado acompañantes de asiento a veces incómodos y otros agradables; donde has sido testigo de los devenires personales ajenos, haciendo de espía impúdico; donde has sufrido alegrías en germen y tristezas por el recuerdo. Es entonces, repito, cuando los otros seres que comparten habitáculo contigo se muestran, se colocan la ropa, recogen sus pertenencias, se desperezan o se muestran agotados. Preparan su incorporación a la otra substancia que les espera fuera de este tren que ya termina su recorrido. Es entonces, por fin, cuando descubres que no conoces a nadie, que no sabes de ellos y ellos no saben de ti; que la distancia entre tú y ellos es mucho más ancha que cruzar el pasillo o girar la cabeza.
Porque en todo tren hay otra ventana, no sólo la que el tiempo te impone, y ésta es la de mirar quien comparte contigo este viaje, esperando la mano que coja tu mano… porque la ofreces.

1 comentario :

  1. Yo también me reconozco en la sensación de perder el tiempo, cuando, es justamente lo contrario, creo que eso es bueno, querer mantener esa inquietud, tener siempre cosas interesantes que hacer o proyectos en mente...

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