Era de razón reconocer que Don Pintágrafo era un señor venido a más (o a menos según otros criterios); tanto, que de un tiempo a esta parte, nadie que se precie no dejaba de lado eso de darle a la pluma (refiriéndose a la de escribir). Así su estima, como hacedor de historias, cayó en el éxito rotundo, en la flama de la fama, en la aurora de un nuevo tiempo. Pero a la vez, en un descrédito incipiente (todavía), porque todo el mundo parecía conocer su secreto: ese de contar historias con el alma en cada renglón, en cada párrafo y en cada página.
Dirán, también con razón, que siempre ha habido mediocres, que se apuntan al carro de lo que llegue, que dicen ser, como vulgarmente se dice, más papistas que el Papa. Eso es cierto, y nadie lo puede negar, pero convendrán conmigo en que ahora estamos llegando a un punto excepcional; a un punto (sin retorno) donde el mediocre no es el que se dice sabedor del arte del Pintágrafo, sino también el artesano, el comerciante, el supuesto experto que dicta normas sobre lo bueno y lo malo de este arte.
¿Tendrían futuro los seguidores de Hipócrates si en vez de hablar de hipótesis y prueba para sus estudios patológicos, se dejaran guiar por las rayas de la mano o la aleatoria extracción de una naipe? Si este criterio fuera el oficial de los eminentes científicos, que así les pagan para crear precisamente eso: criterio, ¿tendría futuro la técnica de Galeno?
Observo cómo los sabiondos que publican en revistas para pintágrafos, que vierten sus ilustradas palabras en críticas sospechosas, airean con denuedo que este mundo, que ellos llaman de la literatura, está seco, que vivimos de las viejas glorias y alguna escasa excepción. Eso sí, no prestan un segundo de su pagado tiempo a leer lo que los abundantes y verdaderos pintágrafos tienen a bien parir de sus cabezas. Y lo malo no está en la mediocridad, siempre la habrá, sino en el contagio que se produce. En cómo agentes literarios y pequeños editores, que deberían buscarse las judías haciendo lo que, se supone, más les gusta: leer a noveles, al no tener un criterio de sus Papas de gremio te despachan, después de meses de espera con un lacónico: “no encaja en nuestra línea editorial”. ¡Si no habéis leído nada! Para muestra un botón. Texto literal recibido como respuesta a un manuscrito después de siete meses: “Con respecto a la obra nos ha parecido muy interesante y bien escrita, pero desafortunadamente no encaja con el perfil que estamos buscando ahora mismo en la agencia.”. Me pregunto ¿estarán buscando algo mal escrito y poco interesante? Es indudable que no puedes gustar a todos, que alguien con buena fe puede no gustarle tu obra, ¡faltaría más! Pero si ves lo que publica aquella editorial que te presentaste, o que la agencia tal o cual que te rechazó promociona en su Web. Dices ¿y dónde está el nuevo talento descubierto? Libros con errores ortotipográficos, con monótonos párrafos repetidos hasta la extenuación, con personajes planos que el suspiro de una mosca en su gran odisea. Eso sí, repiten el canon de la gran editorial: sexo, cocina e intrigas de poder. ¡Qué contadas excepciones a esto! Por ejemplo, el último libro de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, es una obra de arte. No sólo por su magnífica prosa y su riqueza de personajes, si no, y sobre todo para mí, por su valentía. Alguien que no necesita ser valiente y atreverse con un libro como ese me merece todos los respetos y una profunda admiración. Otra cosa será que el mediocre que sale por la tele nos quiera encajar su novelita, sus memorias o sus experiencias de tejemaneje.
Luego, por añadidura, tenemos una especie carroñera en el mundo de crear libros, que permanece atenta a pillar tajada. Son las editoriales de autoedición, antes llamadas de fortuna. Por la fortuna que hacían (y hacen) las dichosas “editoriales” sacándote el dinero para que tengas unas bonitas cajas llenas de tus libros en casa. Lo que más me duele es que nadie del gremio editor sale al paso de esta práctica abusiva y lo denuncia moralmente.
Bueno, en fin, que eso, que habrá que seguir, que no todos son vulgares, cobardes y chorizos, que no todos buscan descubrir a Vargas Llosa en letras grandes en el siguiente manuscrito que reciban. Que como dice un compañero pintágrafo: “Esto de escribir o pintagrafear es como el amor, tienes que buscar la pareja con la que casas bien y que coincides en genialidad o en estupidez”, que para el caso es lo mismo.
¡Qué más da! Que me quiten lo bailado de lo que disfruto escribiendo.
Os invito a hacerme llegar vuestras experiencias en el intento de publicar. Prometo dedicarle un espacio en este blog.
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