Hay gente que no sabe qué hacer, que nada les satisface y a los que no hay nada que se les pueda sugerir para atisbar en su cara un pequeño hálito de alegría. ¿Será que ellos tienen la culpa? ¿Será que no saben divertirse? ¿Será que así está bien para lo que tiene que estar bien?
La verdad es que entiendo a los inversores del dinero por el dinero, que fijan todo en el máximo beneficio, en la mejor eficacia, en la única norma que rige en sus cabezas: más dinero, más dinero, más dinero. Esto conlleva, aunque sea de rebote, una cierta riqueza que se desprende hacia los estratos más humildes de la población. Y que como consecuencia de este reparto de las migajas de los beneficios capitalistas, se produce la paradoja de que sobra personal trabajando y los que tienen trabajo se consideran ricos en relación a los que nutren la listas del paro. Por otra parte el avance de los derechos laborales, como la conciliación laboral y familiar, hace que cada vez trabajemos menos horas y en condiciones menos sacrificadas. Todos los oficios, todas las profesiones desde hace un cuarto de siglo son mucho menos cansadas físicamente y menos abarcadoras de tiempo.
¿Qué nos ocurre? Que como hemos recibido una educación productiva: como maquinas entrenadas para facturar bienes que se puedan vender, y nadie se ha preocupado de darnos una educación humanística que nos enseñe, por ejemplo, a disfrutar de vivir, a comprender el paso del tiempo como un camino del que hay que aprender, a sopesar el mensaje que encierran los hechos culturales que nos permitan entender qué hacemos en este mundo, sólo sabemos de cultura del ocio. Aquello que nos dan mascado, digerido y, con perdón, cagado. Además, los avispados del dinero se han dado cuenta que el ocio manufacturado también es negocio, con lo que nunca se pondrá en tela de juicio las dos premisas del mismo: evasión y no tener que pensar.
Las cortas miras de quien maneja el mercado sólo alcanza a lo que gana este trimestre, o como mucho el año fiscal, por aquello del fastidio de tener que cumplir con la ley. Sin embargo no se dan cuenta de que la vida no es un manejar ganado de aquí para allá como en tiempos no tan pretéritos, si no en esencia educar para crecer. Porque como bien dijo el padre Ferrer: “un día los ricos van a descubrir que los billetes no se comen”.
Aquí encontramos a nuestro aburrido particular; en medio de esta vorágine consumista donde nada vales, salvo lo que adquieres; donde nada cuentas, salvo la estadística de tu factura; donde nada piensas o sientes, salvo si se puede cobrar. El mercado del ocio es el mercado del aburrimiento; te venden vacío adornado de luces, con sabores dulces, envuelto en papel brillante y cinta de color.
No vayáis a pensar que no, claro que me gusta el ocio que sólo espera de ti que te diviertas, que sólo suponga “olvidarse” de los sinsabores, de las injusticias y buscar la risa fácil. ¿Pero sólo eso? ¿Siempre la misma decoración? ¿Pretenden que no nos acordemos de las dificultades para vivir? Ya que nos ofrecen aburrimiento, sólo aburrimiento.
Cuando las personas hacen algo con su cabeza, con sus manos, con todo su ser, no necesitan de adornos, ni de campaña publicitaria, ni de crear una necesidad que no existía. La gente cree en lo que hace, porque lo hacen ellos y porque eligen lo que quieren hacer. Da igual que escribas El Quijote o hagas una flor de tela, da igual que descubras la teoría de la relatividad o hagas un cenicero de barro. Si lo haces tú eso no te aburre. La esencia de las personas es ser participativo, estar en el centro de lo que le gusta, crear como suyo aquello que le inspira. ¿Y esto podría ser un mercado que produjera beneficios? Desde luego que sí. El problema estriba en que aquí tienes que ofrecer lo que de verdad le gusta a la gente y no lo que le gusta al mercado que le guste a la gente.
Así se entiende el aburrimiento generalizado de aquellos que disponiendo de medios económicos no se sienten satisfechos con nada. No sirve una casa de tropecientos metros, mejor de tropecientos y pico; no sirve con un coche de mil caballos, mejor de mil y pico; el menú de este restaurante es demasiado barato, estos zapatos no son de marca, este pintalabios está pasado de moda. De igual modo aquellos que sus bienes son escasos también se aburren; porque les venden un mundo de fantasía que sólo dura mientras pagas y el dinero se les acaba pronto. Un mundo irreal que nunca existió y nunca ha existido para nadie, sólo para la cuenta de resultados de las grandes bancas.
Aunque hay algunos que no se aburren. Los que su único fin en esta vida es sobrevivir y mal morir con las miserias que nos sobran, si no les matan en la guerra particular de su país, en la calamidad natural que les cae en premio, en la hambruna que les toca porque la economía va mal.
Sí, siento ser así de crudo. Ellos no se aburren porque nosotros nos aburrimos. Ellos no comen porque nosotros despilfarramos. Ellos no tienen democracia porque a nosotros nos importa un pimiento. Ellos se mueren de hambre porque el mercado no es rentable con quien no le hemos dejado un euro para comprarnos.
En fin que estamos aburridos y sería bueno no estarlo.
Espero, desde la modestia, no haberos aburrido.
Esto me recuerda la fiebre consumista que se avecina...en la cual me niego a caer.
ResponderEliminarPero este año, no quiero entristecerme por eso, disfrutaré con los regalos que haré y que me harán, por que a todos nos hace ilusión, y por tener a mi familia un año más, y por seguir amando otro año a mi pareja, y por estar viva un año más...
No hay que perder nunca la ilusión.