Hombre en construcción: Me siento enamorado

sábado, 13 de julio de 2013

Me siento enamorado

Es curioso que para escaquearse de algún trabajo algunos hacen un esfuerzo muy laborioso, que para no decir la verdad construyen un artificio increíble, para que nada les falle y alcancen su felicidad se mortifican sin piedad... y sin fecha de caducidad. Parece que lo que nos ocurre es un error del destino o una broma de la casualidad. Construimos una excusa con nuestro ego a la frustración que nos supone nuestra vida y difícilmente aceptamos que donde estamos ha sido por nuestras decisiones.
Ahora bien, ¿me puedes decir los números de la lotería antes de que salgan? Seguramente no porque no estarías leyendo esto, o tal vez sí porque te aburres con tanto dinero. Quiero decir que las decisiones que tomamos hace unos meses, unos años o al principio de nuestra madurez, las tomamos con los conocimientos de entonces, no con los de ahora. Ahora te podría decir los números de la lotería de los últimos meses, hace unos meses no. Por tanto nuestros esfuerzos por encontrar, conscientemente, la mejor decisión de este momento es casi inútil. No estoy diciendo que las decisiones de nuestra vida las tomemos echando una moneda al aire, sino que querer tener todo controlado eso sí que es inocuo y una perdida de tiempo.
Luego está la desesperación, las circunstancias ajenas a ti (crisis económica, rupturas amorosas, muertes inesperadas o esperadas, enfermedades improbables, despidos, traiciones, etc.) solo suman intranquilidad y una sensación de culpabilidad. Un sentimiento absurdo de educación cristiana, tan arraigado que hasta los no creyentes nos condiciona; todo justificado por el pecado de Adán y Eva que debemos pagar sin saber hasta cuando.
Somos seres imperfectos y, gracias a Dios, lo somos a mucha honra, ¡que bonita es la imperfección en el amor!
La tranquilidad parece una quimera un oasis que alcanzaremos cuando consiga trabajo, cuando termine los estudios, cuando me publiquen un libro (esta va por mí), cuando mis hijos se independicen, cuando los enfermos sanen, cuando los pobres coman, cuando el mundo se arregle, cuando... la lista puede ser infinita.
Entonces hacemos los más paradójico: hacer lo contrario de la tranquilidad para sentirse a gusto consigo mismo. Nos abandonamos física y sicológicamente, o bien, nos vamos al extremo contrario obsesionándonos con nuestro cuerpo (su salud y su aspecto) y montando guardia sobre nuestras reacciones mentales para que no nos vengamos abajo, para que esto no nos ponga de “malaleche”, para que eso no nos deprima, para que aquello no nos dé mal rollo. ¿Quién ha dicho que no tengamos derecho a equivocarnos? Es tal el esfuerzo que hacemos queriendo conseguir la tranquilidad que la propia obsesión por ello hace imposible alcanzarla. Es por eso que decía que gastamos tanta energía para no conseguir nada que si lo pensáramos un momento nos daríamos cuenta de lo estúpidos que somos.
Aceptar la vida como viene no es una frase bonita, es una ley espartana de vida: difícil, que exige un gran compromiso y esfuerzo. No es abandonarse al destino o a las circunstancias entreteniéndonos en lamernos las heridas. Es hacer las cosas que podamos alcanzar; admitiendo quienes somos y marcándonos metas que sean posibles. Porque el pasado ya no lo podemos cambiar y el futuro seguro que NO se parece a nada de lo que imaginamos (bueno o malo); es muy probable que si ahora haces aquello que te dé tranquilidad y que te ayude a aceptarte, el futuro será mucho mejor de lo que esperas.
No somos responsables del mundo que nos rodea, solo somos un pequeño grano de arena de la playa donde vivimos. Ahora, me gusta tanto el grano de arena que hay a mi lado que me siento enamorado.

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