Me es necesario el silencio para poder
gritar, como es necesaria la soledad para apreciar la compañía,
como sé que tengo que sufrir la desesperación para poder amar. Son
estos binomios los que nos regulan y solo cuando comprendes que nunca
podrás evitarlos, que nunca dejaras de sentir el hueco de su huella,
es cuando puedes empezar a tener tranquilidad. Porque la vida que
tienes estará siempre oscilando como un péndulo, con el impulso de
tus más profundos latidos. Serás tú, y nadie más, quien te
llevará a la miseria de tu angustia; y serás tú, y nadie más,
quien te llevará a la gloria de tu amor.
Yo necesito un refugio, un lugar
secreto (aunque esté a la vista de todos) donde nada se me
cuestione, donde nada me resulte extraño, donde tenga la sensación
de volver al nido donde nací. Y no se trata de la consabida frase
del reposo del guerrero: ese descanso es estudiando filosofía con un
libro en las manos, mirando el paisaje a través de una ventana. Se
trata del lugar donde hierve la caldera de tus inquietudes; donde
parte el viento que te arrastra; donde se construyen las alas que te
permitan volar. Yo necesito un refugio y a veces... este se
desvanece. Has sido tú quien caminaste hacia tu miseria y eres solo
tú el que ha de enmendar los pasos que diste. Pero es doloroso
caminar sobre la ignorancia, la envidia, la tristeza y los
prejuicios, porque al final parece que te sientes solo, que detrás
de ti solo está tu sombra.
La criba es una antiguo utensilio que
sirve para separar la paja del grano, la piedra de la arena, lo
grueso de lo fino. Y todos andamos variando continuamente la medida
de nuestra criba. Cuando te equivocas, cuando sabes que te has
equivocado y que aquel que dejaste pasar por el tamiz de tu
experiencia no corresponde en casi nada contigo, te duele el alma
tener que sacarle de tus granos y mandarle con la paja.
No soy en absoluto exigente. Conozco
gente de todo tipo y condición: cultural, económica, social,
religiosa, política, abierta e intransigente. Procuro siempre
adaptarme a mi interlocutor o aprender de él. Pero cuando alguien me
decepciona... lo siento como un fracaso mío, porque he puesto a esa
persona en una situación que no le corresponde, y ahora tengo que
hacerla daño sin querer. Romper los vínculos que teníamos y
replantear nuestra relación en aquella medida que no me haga daño.
Mi refugio siempre me lo he imaginado
como una estación de tren. Yo me imagino llegando a una estación de
tren y sentándome frente al tablero donde se anuncia los diversos
trenes que salen y llegan. Cuando llega alguno de una región que
deseo me fijo en quien baja: como visten, qué equipaje llevan, si
van solos o acompañados, si se les ve felices o no. Cuando anuncian
la salida de un tren se anuncia el precio del mismo, que no es
económico sino espiritual, y dependiendo de lo preparado que estés
para ese viaje así tienes para pagar el peaje o no. Otra
peculiaridad es que sabes el destino (si llegas) pero no el camino
que hay en medio. Al fin y al cabo ya se sabe que es el camino la
verdadera vida. Cuando por fin coges un tren puede que la vista que
te ofrece sea con niebla y no distingas nada, esté lluvioso y la
imágenes se desfiguren, haga sol y lo veas todo abrasado. Por fin,
cuando creas llegar a tu destino, puede que el tren no pare, porque:
te equivocaste de tren, te equivocaste de destino, no acumulaste
suficiente espíritu para llegar... o te sientas solo.
Pero yo no estoy solo, estoy contigo.
Tú, que me haces el favor de leerme, de criticarme, de alabarme, de
sugerirme otros temas de escritura, de indicarme algún giro
desconocido. No me siento solo porque escribo. Porque mi escritura no
es mía, es el compendio de quien me precedió y es el resumen para
quien me seguirá. No estoy solo porque estáis, todos, en lo que
escribo, en lo que siento, en lo que vivo.
Sobre todo, tú, mi amor
Muy interesante Enrique, tan profundo y sabio como siempre.
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