Hombre en construcción: La criba

jueves, 13 de septiembre de 2012

La criba


Me es necesario el silencio para poder gritar, como es necesaria la soledad para apreciar la compañía, como sé que tengo que sufrir la desesperación para poder amar. Son estos binomios los que nos regulan y solo cuando comprendes que nunca podrás evitarlos, que nunca dejaras de sentir el hueco de su huella, es cuando puedes empezar a tener tranquilidad. Porque la vida que tienes estará siempre oscilando como un péndulo, con el impulso de tus más profundos latidos. Serás tú, y nadie más, quien te llevará a la miseria de tu angustia; y serás tú, y nadie más, quien te llevará a la gloria de tu amor.

Yo necesito un refugio, un lugar secreto (aunque esté a la vista de todos) donde nada se me cuestione, donde nada me resulte extraño, donde tenga la sensación de volver al nido donde nací. Y no se trata de la consabida frase del reposo del guerrero: ese descanso es estudiando filosofía con un libro en las manos, mirando el paisaje a través de una ventana. Se trata del lugar donde hierve la caldera de tus inquietudes; donde parte el viento que te arrastra; donde se construyen las alas que te permitan volar. Yo necesito un refugio y a veces... este se desvanece. Has sido tú quien caminaste hacia tu miseria y eres solo tú el que ha de enmendar los pasos que diste. Pero es doloroso caminar sobre la ignorancia, la envidia, la tristeza y los prejuicios, porque al final parece que te sientes solo, que detrás de ti solo está tu sombra.
La criba es una antiguo utensilio que sirve para separar la paja del grano, la piedra de la arena, lo grueso de lo fino. Y todos andamos variando continuamente la medida de nuestra criba. Cuando te equivocas, cuando sabes que te has equivocado y que aquel que dejaste pasar por el tamiz de tu experiencia no corresponde en casi nada contigo, te duele el alma tener que sacarle de tus granos y mandarle con la paja.
No soy en absoluto exigente. Conozco gente de todo tipo y condición: cultural, económica, social, religiosa, política, abierta e intransigente. Procuro siempre adaptarme a mi interlocutor o aprender de él. Pero cuando alguien me decepciona... lo siento como un fracaso mío, porque he puesto a esa persona en una situación que no le corresponde, y ahora tengo que hacerla daño sin querer. Romper los vínculos que teníamos y replantear nuestra relación en aquella medida que no me haga daño.
Mi refugio siempre me lo he imaginado como una estación de tren. Yo me imagino llegando a una estación de tren y sentándome frente al tablero donde se anuncia los diversos trenes que salen y llegan. Cuando llega alguno de una región que deseo me fijo en quien baja: como visten, qué equipaje llevan, si van solos o acompañados, si se les ve felices o no. Cuando anuncian la salida de un tren se anuncia el precio del mismo, que no es económico sino espiritual, y dependiendo de lo preparado que estés para ese viaje así tienes para pagar el peaje o no. Otra peculiaridad es que sabes el destino (si llegas) pero no el camino que hay en medio. Al fin y al cabo ya se sabe que es el camino la verdadera vida. Cuando por fin coges un tren puede que la vista que te ofrece sea con niebla y no distingas nada, esté lluvioso y la imágenes se desfiguren, haga sol y lo veas todo abrasado. Por fin, cuando creas llegar a tu destino, puede que el tren no pare, porque: te equivocaste de tren, te equivocaste de destino, no acumulaste suficiente espíritu para llegar... o te sientas solo.
Pero yo no estoy solo, estoy contigo. Tú, que me haces el favor de leerme, de criticarme, de alabarme, de sugerirme otros temas de escritura, de indicarme algún giro desconocido. No me siento solo porque escribo. Porque mi escritura no es mía, es el compendio de quien me precedió y es el resumen para quien me seguirá. No estoy solo porque estáis, todos, en lo que escribo, en lo que siento, en lo que vivo.
Sobre todo, tú, mi amor

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