A veces tengo la duda de si dedicar mis esfuerzos a
sofisticadas descripciones del arte a través de mi experiencia personal, retratando
las vivencias que la vida me trae o dedicarme a terrenalidades más comunes,
porque vivimos, y nadie puede huir de ello, inmersos en un mundo incisivo que
nos exige respuestas continuas para subsistir.
Y aquello que me aleja de esa atalaya de cristal creativa
es la mentira; no la ignorancia, no la estupidez (que no merece esfuerzo combatirla),
no la necesidad que tienen algunos de diferenciarse porque pudieron leer algún
libro, sino el sofisma.
Todo es mentira, no es una afirmación negativa. Es
una reflexión donde pocas cosas pueden salvarse de no ser etiquetadas así. Claro
que hay que diferenciar a los que mienten a sabiendas; cínicos por naturaleza
que ni se ruborizan cuando desmenuzan sus entrenadas palabras, de que les
parece mal que ha Gadafi le hayan linchado sin juicio, y que a su vez brindaron
por el asesinato premeditado y buscado de Bin Laden, con alevosía y nocturnidad
e intención de no respetar la vida humana ni de llevar a juicio a ese asesino. De
aquellos otros que la mentira se la creen, o la construyen, desde
desinformaciones muy bien elaboradas.
El santa sanctórum es que un periodista no puede
(o no debe mentir). ¿Acaso un periodista es libre para criticar a un ejecutivo
o a una empresa que es dueña del periódico o la cadena de televisión donde
trabaja? ¿Acaso un periodista puede criticar la actitud de cualquier político
cuando el mismo se ha “alineado” en esa corriente política? No digamos de
aquellos que se dicen periodistas y son opinadores salvadores de patria, que la
esencia del periodismo no ha llegado a conjugarse nunca en su cabeza.
Dicen que la crisis es culpa de los bancos, ¡pero
los políticos se dedican a salvar bancos!, a condonar deudas (Grecia) a otros
políticos más torpes que ellos. ¿Y por qué no me perdonan a mí y a tantos
hipotecados la mitad de nuestra deuda? Por una razón muy sencilla porque no son
nuestros votos quienes les ponen en sus puestos de representación, son los
millones que aportan entidades financieras y empresas que después les serán
devueltos vía obras e inversiones públicas. Nos gobierna el consejo de administración
de un holding banquero-empresarial y nos gestiona un gobierno de la Unión
Europea que no ha sido elegido por ninguna persona con voto alguno.
Todavía tiene la desfachatez, el cada vez más
impresentable José Bono, de contar lo siguiente: dice que se acercó a un grupo
de personas pertenecientes al movimiento 15-M y les preguntó si consideraban
que el Congreso de los Diputados representaba a los españoles, dice que le
contestaron que no. Entonces este individuo se atreve a decir que no quieren,
el 15-M, la democracia. Esto, como diría un profesor, es el ejemplo de un
sofisma; dicho en español llano una mentira como una catedral. ¿Cómo se puede
decir que el 15-M no quiere la democracia si es la esencia de su funcionamiento:
las asambleas para decidir?
Lo que no ha querido entender Bono, porque no le
interesa para no perder su poltrona, es que cuando le dicen que no se sienten
representados por el Congreso de los Diputados, no es por lo que representa de
democracia ejercida por los ciudadanos, sino que aquellos que allí se
encuentran no son representativos del sentir y del sufrir de su movimiento,
15-M. Que ha movilizado en unos meses, en dos días de manifestaciones, a millones
de españoles.
Dicen que la culpa de la crisis la tienen los
bancos, y ¿quién es responsable del despilfarro de los gobiernos (estatal, autonómico
y municipal) siempre orientado a ganar las elecciones, sin importarles quien va
a pagar ese despilfarro; y que ha generado la colosal deuda que ahora no pueden
pagar y nos quieren recortar servicios para pagarla? Ellos, los que elegimos
pero no nos respetan.
Para muestra un botón.
Haciendo unos presupuestos en un ayuntamiento
mediano, se le pide al concejal del mantenimiento urbano que reduzca el presupuesto
para poder ahorrar entre todos los departamentos algunos millones. Éste, ni
corto, ni perezoso, reduce a la mitad el dinero dedicado a reponer bombillas de
farolas. Cuando el subordinado (funcionario responsable) le pregunta que cómo
hace eso. El electo del consistorio le responde que no hay problema: cuando
llegue el mes de Julio diremos que se han fundido más de la cuenta y que hay
que ampliar el presupuesto de bombillas. Con eso —le dice el funcionario— no
ahorraremos nada, al contrario, al ir comprando en partidas pequeñas las bombillas
serán más caras. El concejal le miró, como se mira a un crío que no alcanza a
comprender la vida, y le espetó: que quieres que me enfrente al alcalde, faltan
unos meses para empezar a preparar las listas de las próximas elecciones.
Todo en esta sucedánea democracia es mentira, es
necesario que se Islandice Europa: que vaya al banquillo el presidente del
gobierno de España, y de las autonomías que despilfarran (todas), y de los
ayuntamientos con déficit abusivos (todos). Que se cree, más que una Constitución,
un código moral, de trasparencia y buena gestión administrativa. Y que se haga
responsable al político que haya autorizado una mala gestión a que pague con sus
bienes y si no con la cárcel; que hagan juzgados exclusivos al control administrativo.
Tal vez todo sea mentira, pero sabemos cuál es la
verdad.
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