La verdad es una meta inútil, ya que la verdad no sabemos cuando la alcanzamos hasta que después miramos atrás. Porque la verdad no es una lección que debamos estudiar, ni unos razonamientos que intentes comprenderlos, ni un determinado hecho que debamos vivir.
Hay quien piensa que la verdad es una ideología, o es una religión, incluso a quien afirma que la verdad es una forma de comprender la vida y vivirla de una determinada manera. Pero ninguna ideología, ninguna religión y ninguna forma de vivir han satisfecho a las personas que se han enfrentado así a sus circunstancias.
Luego tenemos a los seguidores antónimos de la verdad que dicen que todo es mentira. Que no hay nada por lo que valga la pena ilusionarte y mucho menos sacrificar algo de ti. Porque hemos perdido, dicen estas personas, la convivencia debido a que todo se ha vuelto miserable. La verdad no se puede medir, ni calcular, ni prever, ni tan siquiera soñar
Tampoco la verdad ha de dejarnos satisfechos, explicarnos el mundo y marcarnos un camino, ¡qué aburrido! Cuando alcanzas un punto en el que ya sabes que hace un tiempo, tal vez no mucho, que eso, esa verdad ridícula o muy importante, pequeña o enorme, sencilla o sofisticada, tierna o cruda, amable o violenta, has podido saborearla. Es entonces cuando comprendes que la verdad es la experiencia; para la que no sirven los conocimientos (aunque no estén de más), para la que no sirve los bienes materiales (porque es posible que sean un estorbo), para la que no sirve la fuerza o la debilidad del carácter, ni el lugar donde naciste, ni la ideología que rija tu vida, ni la fe que mueva tus pasos, ni lo práctico o lo desordenado que seas. Solo sirve una parte importante del corazón que debemos tenerlo bien entrenado: estar dispuestos siempre a nuevas circunstancias que enriquezcan tu vida.
Pero hay tanta gente que se conforma con un dogma o una consigna, que aceptan la verdad que otros le proporcionan masticada, que no me extraña que la verdad permanezca como un tótem al que adorar pero que nadie practica: crecer con la experiencia. Y un día, sin pensar en estar en posesión de la verdad absoluta, comprenderás que tus pasos, si te has guiado queriendo saber, te habrán llevado a un lugar de tu corazón, donde, como a los niños pequeños, les harás participe de una verdad, diciéndoles: verás como viene Papa Noel y te deja un regalo. Entonces habrás practicado la única verdad: hacer feliz a alguien.
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