Hombre en construcción: Raro

miércoles, 5 de enero de 2011

Raro

Todos hemos dicho alguna vez: ¡qué persona más rara! Seguro que sin mucha reflexión acerca del significado de esta afirmación tan categórica. La Academia ofrece varias acepciones a esta expresión y sólo una de ellas se refiera a aquella persona que se comporta de forma poco habitual. En realidad la mayor parte de estas afirmaciones están basadas en la ignorancia…

Hay gente que pasea bajo la lluvia y pudieran parecer locos, pero está comprobado que el aire que respiramos se limpia cuando llueve y por tanto ese paseo te permite sentirte mejor. Hay gente que se levanta al amanecer (yo, para escribir) porque se siente con más energía y más concentrado, al contrario de lo que les ocurre a otros por la noche. Hay gente que come (para nuestro gusto) alimentos raros, que viste colores mustios o extravagantes, que escucha música inaudible o aburrida. Hay gente que necesita el ruido y gente que necesita el silencio.
Eso sí, cada vez que etiquetamos a una persona de “rara”, lleva incluido un cierto grado de desprecio, de discriminación, porque no se atiene a nuestro canon de vida. En el fondo esto es una falta de educación por nuestra parte, es un déficit de nuestra experiencia de vida. Aquello que nos sorprende debería despertar nuestra curiosidad, no nuestro desprecio. Deberíamos querer saber por qué esa persona que acabamos de conocer hace, dice o piensa de determinada manera tan distinta de la nuestra.
Sólo personas de escasa cultura, que nada tiene que ver con que puedan ser pobres o carentes de conocimiento, ven un peligro en cruzarse, interrelacionarse o mezclarse con personas de otras idiosincrasias. Uno de los sentimientos que más desprecio me produce es el de la discriminación por el color de la piel, como si estas personas fueran retrasadas en la evolución, como si fueran a “mancharnos” en nuestra pureza humana. Cuando la mierda ya la tienen dentro esos individuos incívicos y amorales que los desprecian. O el sentimiento de “raros” que les atribuimos a los inmigrantes, porque atraviesan medio planeta para venir a trabajar por un sueldo miserable. ¿Acaso es divertido su viaje? ¿Están encantados de dejar familia y amigos, alejándose de su tierra? ¿Les encanta cobrar menos que un autóctono por el mismo trabajo, así como vivir hacinados en viviendas infrahumanas? No lo creo. Cuando alguien decide jugarse la vida, echando a perder todo lo que hasta ahora ha vivido, por emprender un viaje a un lugar lejano y desconocido, es porque su desesperación es mucho más grande que su miedo.
El problema de los españoles es que siempre nos sentimos invitados en esta tierra, nunca anfitriones. Ancestralmente siempre hay “españoles” que se consideran los últimos porque acaban de llegar a una tierra que no es suya, pero que la han conquistado; y por tanto, es posible, que alguien venga a echarlos. La realidad es bien distinta. Esta tierra ha sido siempre un territorio de destino para tantos pueblos, tantas culturas, tantos huidos o perseguidos, tanto gente de mal vivir como genios o artistas. Cíclicamente tenemos que sufrir el reajuste de otra oleada humana que nos llega, como se ha repetido en la historia tantas veces: celtas: en nuestra protohistoria, fenicios: con albor del comercio marítimo, cartagineses: como primer gran imperio, romanos: dueños del Mediterráneo, godos: en busca de una tierra que pudieran decirla suya, árabes: la gran invasión religiosa, indígenas americanos: mezclados con tantos conquistadores en América, europeos: a la luz del gran imperio que una vez fuimos. ¡Cuánta gente “rara” ha venido de visita y se ha quedado! Porque nadie se va, no nos confundamos, a nadie se le echa, todo se mezcla. Resulta curioso, fijarse en el detalle, el desprecio hacia lo árabe, cuando en este país tenemos multitud de palabras árabes, construimos al estilo árabe, nuestra agricultura es árabe, etc.… ¿Será porque después de ocho siglos tendremos bastante de árabes?
Es la carencia en la educación, de la que no se ocupa ningún gobierno, la que obvia en la mente de los jóvenes, y no tan jóvenes, que, por ejemplo, Toledo fue un lugar único en el que durante siglos convivieron tres culturas de religión monoteísta en paz, cambiando, como era de esperar, el regente de una a otra religión. La responsabilidad, por tanto, es de la educación, que sólo se dedica a que seamos productivos para la empresa y no ha educarnos en la convivencia.
Las personas raras, por su origen o cultura, son una suerte de la que no deberíamos huir sino, al contrario, ir a su encuentro. Es paradójico que viajemos a diversos lugares del mundo, como turistas, para conocer culturas que nos sorprendan y cuando esa cultura nos llega en forma de oleada humana, tengamos miedo de ellos. Es, también, paradójico que digamos defender una cultura española frente a los pobres inmigrantes que vienen a ganarse el pan, cuando estamos invadidos por la cultura estadounidense impregnada en todo lo que nos rodea. Por último, me resulta extraordinariamente paradójico que hablemos de cultura española, como si sólo fuera una, cuando la gran riqueza de nuestro país estriba en que tenemos muchas y muy variadas culturas. ¿Se parecen un vasco y un andaluz? ¿Se parecen un gallego y un catalán? ¿Se parecen un extremeño y un valenciano, un mallorquín y un canario, un madrileño y un toledano? De esa rareza debemos estar orgullosos, porque lo que nos une a pesar de ser tan diferentes, es la historia de las oleadas humanas que nos han enriquecido a todos. El fenómeno de los “raros”, que aquí es como el respirar, es la suerte de estar abiertos al mundo, de ser frontera de culturas, de tener lengua viva y vivir en esta época de comunicación global.
Sabéis en el fondo pienso que sí, que sí hay raros: sin comillas. En realidad los vemos cada día, los descubrimos en cada acto miserable, en cada desprecio que califica al que lo hace más que insultar a quien lo recibe. ¿Nos sabéis a quien me refiero? Los raros son esas personas que no aman. ¡Eso sí que es raro! Fijarse en quien conocéis, en quien se cruza en vuestra vida, preguntarle (o preguntaros) si ama a alguien, si sufre, por entrega y por pasión, por el amor de alguien. Y no confundamos sus palabras llenas de posesión: el amor no se posee, el amor te arrastra, el amor te hace humilde.
Os deseo que no seáis raros y que améis. No hay espacio más abierto y sin fronteras que el amor.

1 comentario :

  1. Cuando no hay más que amor,
    como única fe,
    como único don,
    como único pan...

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